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Bariloche, jueves 05, febrero 2026
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Al borde del colapso, en el cementerio municipal ya no hay lugar para el descanso eterno

 El predio actual cumplió más de medio siglo y el espacio no es suficiente para una ciudad cuya población no para de aumentar. Los problemas que enfrentan los trabajadores y las familias, y las opciones que baraja el Gobierno para abrir un segundo cementerio.

La necesidad de ofrecer un lugar de descanso a quienes abandonan el plano terrenal acompaña a la humanidad desde sus inicios. Cuenta la historia antigua que hubo momentos en los que se reservaron terrenos particulares para lograr esa muestra de respeto, alejados de las ciudades, tal como dispusieron los romanos, o dentro de la urbe pero con un toque arquitectónico acorde al pedido de Napoleón Bonaparte en la Francia del siglo XVIII.

A lo largo de los distintos relatos que se pueden encontrar no existió momento en el que las repúblicas, los imperios o los Estados modernos no se ocuparan de sus muertos. En sus 120 años de existencia, San Carlos de Bariloche reconoce tres lugares a los que les dio destino de cementerio: el primero de ellos estuvo a metros del Nahuel Huapi, donde hoy se levanta la escuela Ángel Gallardo; el segundo fue nombrado “Cerro Otto” aunque se emplazó en el actual Jardín Botánico; y recién en 1951 se mudó por tercera y última vez, con la mayoría de los restos, al final de la calle Onelli.

En los últimos 72 años el cementerio pasó de encontrarse alejado del casco urbano a convivir con media docena de barrios a su alrededor. Una historia similar a la de otro gran predio municipal con el que comparte la misma problemática y hasta la misma inevitable solución: encontrar un nuevo lugar para salir de un momento crítico.

En el predio de 8,5 hectáreas descansan alrededor de 5.000 difuntos, según las estimaciones de quienes a diario se encargan del cuidado del lugar. Pero la cantidad de espacios disponibles se reduce cada semana al punto que recientemente se intentó eliminar una calle para cavar nuevas fosas. La orden fue clara y atendida. De hecho en el lugar permanece la cartelería de obra y el suelo atestigua el paso de la maquinaria pesada que se encontró con piedras de gran porte y raíces que finalmente hicieron que la idea fuera descartada.

Los cálculos oficiales advierten que solo queda lugar para un poco menos de 500 cuerpos, una cifra que podría ser alcanzada en dos o tres meses. Pero la situación ya no sorprende. Es que se trata de una constante con la que se convive hace unos diez años y que solo puede ser sostenida a partir de las exhumaciones de quienes ya no tienen a nadie que pague por su lugar. Con ese método, que volverá a ponerse en marcha en algunas semanas, esperan ganar espacio para otras 500 fosas.

Solo a partir de una recorrida por el lugar se puede tomar dimensión de lo que ocurre. Las cruces, algunas vestidas con camisetas de fútbol, suelen estar más cerca una de otra en los entierros más recientes, a tan solo algunos pasos del paredón del fondo del terreno, y los montículos de tierra se elevan donde terminan los anteriores. Evidentemente cada metro de tierra es necesario al punto que ya se piensa en reemplazar las calles por angostos senderos, lo que podría hacer que los sepultureros tengan que cargar con los féretros como en otras épocas.

En la nueva zona de nichos, que además cumplen la función de hacer de paredón perimetral, todavía hay espacio disponible. Sin embargo no es una opción que los dolientes tengan en cuenta frecuentemente. Tanto los trabajadores del cementerio como los funcionarios del gobierno coinciden en que la negativa se trata de una raigambre cultural o religiosa difícil de romper. Aun así es la única alternativa concreta en caso de no poder contar con un nuevo predio en los próximos años.

Insalubre

Una veintena de trabajadores son los que se reparten las distintas tareas en el cementerio municipal. Se los puede ver con carretillas y palas, en el edificio central llevando los registros o acompañando a las familias, muchas veces conversando y otras recibiendo los reproches de quienes buscan que algo mejore.

“No hay una mirada hacia lo que es el cementerio y lo que significa”, analizó María Fernanda Alonso, secretaria adjunta del sindicato de empleados municipales (Soyem), acerca del punto al que ha llegado el servicio y la problemática, siempre latente, de que la situación se desborde tal como se temió en los primeros meses de la pandemia.

Es que el abandono no solo es algo reservado para quienes allí reposan sino que también alcanza a los que trabajan en el lugar. Alonso dice que hay “oídos sordos” frente a los reclamos y que hace un año se piden medidas para mejorar las condiciones laborales. “Este es un lugar insalubre porque se trabaja con materiales biológicos”, reforzó antes de recorrer un pequeño espacio al que se accede tras abrir el candado de una pesada puerta de metal.

En el interior hay varias estructuras de material construidas en algo que parece un patio interno. Allí se encuentra la primera oficina que tuvo el cementerio, que todavía guarda el teléfono público del lugar, la mesa del taller cuyas herramientas fueron robadas y se aprecia el hollín en un cielorraso extremadamente bajo, tanto que hoy no podría ser habilitado por el propio municipio. A un costado quedó la zona de duchas y vestuarios aunque sin uso por los robos y destrozos que no fueron solucionados. El único baño disponible para el personal no tiene puerta aunque ahora tiene un inodoro partido que impide su desagote. Es por eso que acuden a la única letrina, destinada al público en general, que se encuentra en la zona de recepción.

El vandalismo de quienes saltan los paredones, se refugian en los recovecos y cuentan con la complicidad de la ausencia de cámaras de vigilancia, hace que pocas cosas se mantengan en buenas condiciones. Muestra de ello son los robos de materiales que sufrieron la morgue, la cabina para el sereno y el lugar de descanso del personal, que son obras que se levantan con fondos del plan Castello, aquel programa provincial que prometía mejoras pero que apenas logró algunos cambios en el ingreso y la incorporación de los nichos que, según cuentan quienes visitan ese sector, no poseen ventilación suficiente haciendo que los olores se estanquen frente a las placas recordatorias.

“Es una problemática que viene desde hace muchos años, el cementerio está colapsado, se han recuperado algunas tumbas para hacer sepulturas pero esto no da para más”, explicó la referente sindical. Las exhumaciones fueron tantas que ya se completaros dos osarios y un tercero, que se creó a partir de un viejo tanque de agua, sigue el mismo camino. La imagen dentro de él, repleto de bolsas rojas que guardan los huesos de la historia reciente, hace valorar aún más la labor de quienes cumplen tareas en medio de tamaña desidia.

Alonso confió que desde el gremio analizan acudir a la Justicia, tal como ocurrió cuando denunciaron en qué condiciones trabajan los empleados del vertedero municipal. Ahora esperan el desembarco del área de Medicina para que se avance con los estudios médicos que permitan conocer las consecuencias de permanecer en un lugar insalubre y donde hay empleados que hace 18 años caminan entre las tumbas.

Un nuevo lugar

La búsqueda de un predio para instalar el nuevo cementerio es un secreto a voces. Si bien no es una de las gestiones promocionadas por el municipio, lo saben los empleados y lo confirma el secretario de Servicios Públicos, Eduardo Garza, quien mencionó que si bien la falta de espacio para nuevas fosas es una problemática constante, recién con la llegada de la pandemia, y ante el temor de repetir imágenes que llegaban desde otras partes del mundo, se comenzó a analizar seriamente.

El funcionario comentó que por aquel entonces, y ante la emergencia sanitaria, se trabajó junto a Protección Civil para evitar el desborde del predio actual. Entre las opciones disponibles se mencionó un lugar camino al aeropuerto y otro en tierras del Ejército. Hasta se había logrado el préstamo de un horno de cremación pero no se avanzó más allá y el sondeo sigue latente.

Garza reconoció que el cementerio municipal está en “situación de colapso” y dijo que, en caso de lograr un préstamo para la compra de nuevas tierras, no se trasladarán los restos enterrados en el predio de Hermite y Beschtedt, como se hizo las veces anteriores, sino que la ciudad podría contar con dos lugares para los difuntos. A esto habría que agregar la opción de cremación en manos del municipio, ya que costearla en forma particular ronda los 100.000 pesos, con la que esperan evitar que a futuro se repita la situación actual.

Mientras se espera por la solución definitiva, el cementerio se administra con el ingenio de quienes buscan ganar lugares en el espacio disponible y con la frialdad de la caja municipal que obliga a exhumar a los deudores para dar paso a los contribuyentes que pueden pagar los 3.500 pesos anuales por una fosa. Una problemática que encuentra similitudes con lo que ocurre en el mundo de los vivos y que se esperaba que finalizara con el último suspiro tras la promesa del descanso eterno.


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