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El Bariloche que fue: Los Tres Hermanos, una de las despensas de la historia de la ciudad

Francisco Lanfré llegó a Argentina en el verano de 1939. Tenía solo unos 15 años pero en su corta vida, ya había trabajado en el rubro comercial junto a un tío en su Italia natal. Su padre, al ver que se avecinaba la Segunda Guerra Mundial, decidió traer a su familia a Argentina.

 

 
Sus primeros años los pasó entre Los Menucos y Neuquén, donde llegó a estar a cargo del comercio de Ramos Generales que había en la estancia Catan Lil. Pero un día, llegó a Bariloche y se enamoró de estos pagos, como les pasó a tantos otros que llegaron por aquellos años.
 
Cerca de los años ’50, Francisco se instaló en Bariloche. Todavía era soltero y siempre vinculado al comercio, quería abrir una despensa en la ciudad, que en aquel entonces era tan solo un pequeño pueblo.
 
En la esquina norte de Rolando y Gallardo encontró su suerte. En ese tiempo, las propiedades eran quintas que las familias poseían. Allí, la familia Marciana tenía un amplio lugar, donde a su vez, “Catín” Barría había instalado una pequeña despensa.
 
Lanfré le compró el fondo de comercio y allí comenzó. Su pequeño bolichito estaba en marcha. En el lugar también había una sierra circular y leña, que no eran del interés del italiano, así que las vendió y los clientes fueron Polo Beveraggi y Carlos Bachmann, reconocidos habitantes de la ciudad.
 
El crecimiento fue lento. Lanfré tenía lo justo y necesario y casi demasiado justo. Su suerte cambió cuando pasó por el lugar un viajante, al que según el relato de Edgardo, hijo de Francisco, “mi viejo le cayó simpático”. El hombre le ofreció mercadería variada sin necesidad de pago previo. Él iría hasta Río Gallegos y a la vuelta, pasaría a comprar. De esa manera, el “boliche” pudo ampliar su oferta y también la clientela.
 
Al poco tiempo, Francisco se casó con Ilda, una neuquina que conoció en Catan Lil y que había quedado “apalabrada” para formalizar. Junto a ella, tuvo tres hijos. El menor, Edgardo, reconocido artista local, es quien recordó los años de su padre como comerciante.
 
“Con mis hermanas nos criamos ahí, vivíamos atrás así que nuestra vida transcurrió entre el mostrador y la casa”, recuerda Edgardo, quien además señaló que la despensa ya llevaba el nombre Los Tres Hermanos y no vino mal, ya que en la familia de su padre eran tres hijos y Francisco por su parte, había tenido tres más. Así que el nombre no se cambió.
 
Según rememora Edgardo, “en el año ´60, le compró la esquina de enfrente a don Diego Crespo y allí escribió sus páginas más gloriosas aquella despensa”. En la esquina, hoy hay una verdulería y supo ser una casa de insumos de computación. Pero durante muchos años, fue Los Tres Hermanos.
 
De las cosas que más guarda el hijo del comerciante, es sin dudas, la vida de aquel tiempo. Hasta la forma de comerciar era algo que hoy, parece parte de una película. “Los mostradores tenían por debajo cajones que contenían todo suelto: harina, azúcar, yerba… alimentos que eran vendidos al peso, debiendo pesar en la balanza y envasarlos en bolsas de papel. Leche y vino, para lo cual los clientes debían trae el envase y cantidad de producto de almacén”, señala en un relato hecho tiempo atrás.
 
De esas épocas, además, dice que le queda especialmente “la enseñanza d vivir la alegría del trabajo, de la familia. Ver que el trabajo era parte de lo cotidiano: por ejemplo la gente que trabajaba en la despensa comía en casa”, señala y añade “y no por una disposición del gobierno ni nada, sino porque así era todo antes”.
 
En un texto escrito por Edgardo, detalla que “la entrada estaba en la ochava, con dos pertas vaivén. Entrando a la derecha, la caja. De frente un largo mostrador, sobre él, dos balanzas y algunos cajones exhibiendo frutas de estación. Por la izquierda las heladeras, sobre ellas las campanas de vidrio con queso cuartirolo, dulces de batata y membrillo y los maples de huevos. Contra las paredes, las estanterías que llegaban hasta el techo con los más variados productos de almacén, limpieza y bazar. Los infaltables enlozados: pavas, cacerolas y ollas de colores blanco, crema, verde, celeste o bordó y toda la línea de aluminio)”
 
La descripción continúa recordando que en el salón, contra el ventanal que da a Gallardo, “estaban los atados de escobas, los cuentones galvanizados y los novedosos plásticos. Al terminar la labor, al mediodía (cuando sonaba la sirena de Bomberos) o la tarde se bajaban las persianas”
 
Los Tres Hermanos funcionaba de lunes a viernes de 8 a 12 y de 14 a 20 y los sábados de 8 a 13. Era una época en la que se hacía “el pedido”. Los clientes, mucho de los cuales tenían un lugar en el cuadernito del comercio y se anotaba lo que gastaban para que paguen después, dejaban una lista de mercadería que era preparada y luego llevada a domicilio. El delivery de aquellos tiempos que se llamaba sin más ni menos, reparto.
 
Los repartos estaban separados por día y horario. Todos los días, mañana y tarde, se salía de reparto al pueblo: barrios Lera, El Mallin, la Cumbre. Dos veces por semana era el turno de Melipal hasta playa Bonita y los viernes a Llao Llao, “este último demandaba todo el día” recuerda Lanfré.
 
En 1984 la despensa conocida por todos, se trasladó a Gallardo 272 donde funcionaba como autoservicio, pero tres años después, en 1987, cerró sus puertas definitivamente. La llegada de los grandes supermercados hizo que las despensas históricas y barriales, fueran llegando a su ocaso.
 
“Me queda el recuerdo de una vida de trabajo y alegría por lo que se conseguía con esfuerzo. Lo que hicieron mis padres fue, de alguna manera, trasvasar todo eso, pero sin decir una palabra. Simplemente trabajando”, sostiene Lanfré.
 
Durante las casi cuatro décadas que funcionó, los Tres Hermanos fue el punto donde seguramente, gran parte de los barilochenses que vivieron esa época, hizo sus compras. Hoy, la esquina luce transformada pero sigue siendo comercial. Quizás, todavía guarda la esencia de aquellos años pasados.

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