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Filosofía en la cárcel: el espacio donde los internos se encontraron con “el arte de conversar”

“Cuando empezó el taller de Filosofía, no tenía ni idea qué era…ahora creo que estoy más confundido”, dice medio en broma, medio cierto, uno de los 19 internos del Penal que pudo cambiar el establecimiento por la Casa de Pre-egreso. Allí, en un edificio que bien parece una vivienda como cualquier otra, comenzó en 2021 un taller “impensado” para una cárcel.

 

 
La idea surgió entre las charlas del filósofo Nahuel Michalski y el psicólogo del Penal, Matías Simón. Y si bien costó darle forma y ponerlo en práctica, hoy se convirtió en uno de los espacios esperados de cada viernes.
 
La Casa de Pre Egreso funciona desde hace años, como un espacio que busca acercar el proceso de reinserción en la sociedad de los internos que están por terminar su condena. Allí, viven, trabajan, asisten a distintos talleres y algunos, estudian, aunque, según aclararon, cambió toda su organización en 2021.
 
En uno de los sectores del edificio, hay una especie de local, donde venden los muebles que ellos mismos fabrican en la carpintería ubicada en el patio trasero, donde también tienen invernaderos, un horno de barro y una bloquera que por el momento no está en acción debido al clima.
 
En un saloncito acondicionad como aula, hay unas estanterías con un montón de libros variados, un pizarrón, una mesa con bancos y un anafe, donde uno de los hombres calienta la pava para cebar mates a los que se van acercando a contar su experiencia en el taller.
 
“Se arma una linda conversa”, cuenta minutos antes de la reunión, Cristian, uno de los internos, a la orilla de la cocina a gas en la que otro de los chicos, prepara unas tortas fritas para pasar el frío invernal y la nieve que no deja de caer desde hace días.
 
Quizás, ese es el eje fundamental que todos destacan, casi sin darse cuenta, del taller de Filosofía. Un taller nunca brindado en el establecimiento carcelario, lo que hizo pensar a muchos, que no iba a funcionar. El suboficial principal Gustavo Anticura es quien está a cargo de la Casa de Pre Egreso y se reconoce uno de los que tenía poca fe en la idea.
 
“Cuando me dijeron, ‘Filosofía en una cárcel’, me parecía medio difícil… cuando no entendés, te parece un chino, pero al final, se fueron enganchando. Me sorprendió porque no era algo que veíamos que podía funcionar”, cuenta en el mismo salón donde se armó una ronda y pasa el mate entre charla y charla.
 
Al final, para sorpresa de todos, luego de que finalizara el taller de 2021, le solicitaron a Nahuel si durante 2022 podía continuar. Es que parece que el espacio generó sus adeptos y sirvió a los fines, para sorpresa de muchos.
 
Miguel tiene 25 años y llegó hace un mes a la Casa, después de cuatro años en el Penal. “Me estoy readaptando. Esto es muy distinto, ¿sabe? allá (en el Penal) no hay nada bueno, te levantás pensando cosas malas, no hablas con nadie. Ahora puedo charlar con ellos”, dice.
 
Comer. Otra de las cosas básicas que tenemos incorporadas casi de manera inconsciente, para los que llegan del Penal, es una tarea que se reaprende. “Acá nos alimentamos, comemos todos juntos. Allá constantemente estás drogado y eso acá no pasa”, aclara Miguel y otro, rápidamente, destaca que “eso es algo muy importante, porque dejar las adicciones se logra entre nosotros mismos, charlando, con acompañamiento”.
 
Muchos no habían escuchado nunca sobre la filosofía. Otros, tenían alguna idea. Pero se sumaron, quizás con un poco de reticencia al principio. Al preguntarles, ahora, qué piensan de la disciplina, uno de ellos se animó a definirla como “el arte de conversar”.
 
Algo que en la vida cotidiana nos parece básico, puede ser una de las costumbres que se pierden en la cárcel, entre otras cosas. En el Penal, en el que estuvo cada uno de los 19 internos que hoy está en la Casa de Pre-egreso, el hacinamiento es una de las problemáticas más frecuentes. Como al pasar, alguien dice un número. Parece que hay unos 140 detenidos cuando hay lugar para 80 personas. No hace falta sacar muchas cuentas para entender cómo se vive, o se sobrevive.
 
El amontonamiento de gente lleva a otros problemas, a roces constantes, que a su vez, llevan a encerrarse más todavía para no tener conflictos. “Hay mucha droga, vivís todo el día pasado”, remarca otro de los recién llegados a la Casa.
 
Y ahí, en ese escenario, en ese contexto donde los nuevos intentan acostumbrarse y los que llevan ya un tiempo se manejan con otro ritmo, surgió este taller en el que una vez por semana se juntan y con un tema como disparador, “se arman debates, pero siempre con respeto”, remarca Víctor, uno de los internos.
 
La religión, la política, la justicia. Algunos de los temas que son eje de debates en la calle, en cualquier cena o reunión de las personas que viven en libertad, pero ahora también en el salón que oficia de aula, donde cada viernes, Nahuel se reúne con un grupo de hombres que están próximos a volver a la calle.
 
“No es cierto que la Justicia sea para todos por igual”, dice uno de ellos, como retomando las charlas en las que se enfrascan los viernes, desde hace ya tiempo. Es que, para ellos, “no ves políticos ni ricos acá, solo una parte de la sociedad”.
 
El taller de filosofía, claro, no es el único del que participan. Así como tienen la carpintería, en la que trabajan casi todos o lo que sienten especial facilidad para la madera, también tienen talleres de literatura, de cine y un espacio que hace las veces de gimnasio para quienes lo deseen. Además, hay un lavadero de autos que funciona todos los días, de 9 a 18.
 
Sobre el lavadero, uno de los hombres que trabaja allí, recuerda que “cuando empezamos, tenía miedo. No sabía cuál iba a ser la reacción de la gente. Si iban a querer traer autos o si no iba a venir nadie. Hoy, trabajamos todo el día. Hay gente que nos recomienda a otros. Se vuelven clientes, hasta nos traen facturas”, relata.
 
Algunos de ellos, escriben o intentan dar sus primeros pasos en eso. Otros, estudian. “Yo terminé la primaria acá a los 58 años”, dice otro de ellos que llegó hace poco y que quiere sumarse a los talleres.
 
Tomi tiene 20 años y cursa la licenciatura en Administración de Empresas. “En la calle no había terminado el secundario, así que lo terminé en el Penal y este año empecé la universidad”, dice uno de los más jóvenes de la Casa, mientras sostiene una bolsa en la que parece haber libros.
 
Los hay religiosos, los hay ateos, los hay quienes todavía no definen si creen en algo, pero todos coinciden en una idea: “el sistema, así como está, te lleva a oprimir la capacidad y los proyectos de vida”. Se refieren, claro, al sistema carcelario. Al Penal, donde para ellos, protagonistas de esta historia, no hay posibilidades como las tienen ahora. “Este lugar es una nueva oportunidad para salir a la sociedad”.
 
Quienes llegan a la Casa de Pre Egreso, tienen en claro que la calle está cada vez más cerca, pero eso no solo trae la emoción de la libertad, sino también, y quizás en mayor medida, los miedos de lo que pasará una vez afuera.
 
“La sociedad está llena de rencor”, considera uno de los mayores en edad y otro de sus compañeros añade que “hay otra cara del Penal que la gente no conoce, pero nosotros somos personas comunes, muchos con oficios, con conocimientos, que pedimos a gritos una oportunidad”.
 
Muchos de ellos concuerdan en que la posibilidad de vivir la condena de otra manera, no era algo que creían posible. “Acá hay valores, conducta, todo con una mirada al futuro”, remarcan y otro de los internos, sostiene que “quizás hoy valoramos las cosas a las que antes no le prestábamos atención”.
 
Es que además de las cosas básicas, como charlar o alimentarse, hay otros aspectos detrás de una persona detenida: una familia, amigos, parientes. Un círculo íntimo que quedó afuera y que, en muchos casos, las pasa igual de feo durante el tiempo que dure una condena que los detenidos mismos.
 
“Cuando tuve la primera salida transitoria, junté a mi familia y les pedí perdón. Siempre les pido perdón por todo lo que tuvieron que pasar y todo lo que los había dañado”, cuenta uno de ellos.
 
Con un mate en la mano, otro añade “hoy no me siento preso. Ya no vemos rejas. Yo no me siento preso”. Quizás esa sea la diferencia principal. La sensación con la que cada uno de ellos vive. “Es como estar en familia”, remarca y con eso, parece resumir los debates que, sobre ese tema, hubo en el taller de filosofía. El concepto de familia puede variar, pero siempre se referirá a ese lugar donde nos sentimos contenidos, cómodos, acompañados.
 
“Empieza como una charla de taller y termina en terapia esto”, acota mientras la charla se va por las ramas, como pasa con cualquier grupo, como pasa cuando nos juntamos a matear y filosofar sobre la vida. Quién no lo ha hecho.
 
Claramente, el lugar y sus espacios físicos y de saberes, permite al menos pensar en otras posibilidades. “Acá es donde se despiertan los sueños nuevos”, dice casi de forma tímida, Santi, otro de los chicos jóvenes que pasó por el Penal y que anhela una vida distinta una vez afuera. Y aunque el grupo rápidamente se va de tema y hablan varios a la vez a un ritmo que me costó seguir para tomar nota, volví sobre esa frase porque quizás, fue la que resumió las horas de charla.
 
“¿Con qué soñás vos, Santi?”, le pregunto y cuenta. Cuenta que hace música. Cuenta que le gusta el rap, el hip-hop. Cuenta que quiere vivir de eso. Le consulto si se anima a cantar, pero dice que todavía no, que todavía le cuesta un poco el hacerlo de forma pública. Aunque un rato después, cuando termina la charla y todos retoman sus actividades diarias, se acerca con sus auriculares y escucho un tema que compuso y editó solo con el celular, dentro de la casa. “Me gusta escribir sobre la realidad”, dice y de fondo escucho que rapea sobre su familia, sus viejos, su hermano.
 
Otro quiere volver a trabajar en la construcción, como antes, como cuando hizo una ampliación en la vivienda de un personaje barilochense, o trabajó en la obra de lo que es ahora una de las farmacias locales.
 
“Yo quiero ser arquitecto”, lanza otro en forma irónica, para de alguna manera, restarle importancia a la pregunta quizás. Pero parece que todos quieren proyectar. Uno de ellos, con una carrera de Comunicación Social hecha hace varios años, ahora va por otro rubro, pero el objetivo es seguir estudiando para poder salir con proyectos laborales casi concretos.
 
No todos son de acá. Algunos nacieron en otros pueblos, en parajes, en otras latitudes. No todos quisieron hablar. Algunos se limitaron a escuchar pacientemente. A asentir de vez en cuando. A tomarse un mate con la ronda.
 
“La gente habla lo justo y necesario”, aclara Nahuel y recuerda que, en los primeros encuentros, fue difícil “romper el hielo”. Es que quizás, era uno de los primeros espacios en los que se proponía el diálogo como eje, en el que tenían que participar si querían asistir, en el que era necesario que hagan conocer su voz.
 
Hoy, ese taller al que pocos le ponían fichas, funciona. Funciona como taller de filosofía, pero también como espacio de charla, de debate, de terapia. Funciona como lugar de mates y de hablar, no necesariamente de los grandes autores de la historia, sino de los pequeños hechos cotidianos que vive un grupo de personas que están presas, pero a un paso de la libertad.

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