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Sellando ventanas para poder respirar: una vida junto al basural de Bariloche
Anoche Denis González se despertó ahogándose. No fue una pesadilla. Había dejado la ventana del baño apenas entreabierta —es verano, uno necesita que la casa se ventile— y el humo del vertedero se coló hasta su pieza. Dolor de garganta, nariz seca, congestionada, tos. Cerró todo, absolutamente todo, tapó las rejillas de ventilación con papel, selló cada entrada de aire que pudo encontrar. Nada sirvió. El olor a quemado, tóxico, picante, estaba en el aire mismo que respiraba. Se metió debajo de las sábanas, se cubrió con la frazada, se tapó entera. Y agradeció que su hijo de seis años esa noche durmiera en la casa del papá.
"¿Qué tengo que hacer?", se preguntaba entre sueños. "¿Poner nailon entre los vidrios, sellar las puertas? ¿De qué forma tengo que hacer para que no entre una gota de aire?".
Denis tiene cuarenta años, nació y se crió en Bariloche. Hace quince años que vive con esta rutina: cuando empieza el calor ya sabe que esa porquería se va a prender y sabe lo mal que lo va a pasar. Cuando empezó a pagar el plan de viviendas del IPPV le dijeron "tranquila, que el vertedero lo van a sacar". Han pasado tres gobiernos municipales. El vertedero sigue ahí, a metros de la ruta, cada vez peor.
"Vivimos de promesas", dice. Y la palabra "vivir" suena a sarcasmo cuando uno escucha lo que viene después.
Denis no puede tener gente en su casa los domingos. No puede tomar mate en el patio. No puede disfrutar de su ventana con vista a las montañas porque cuando gira la cabeza está la ahumadera ahí, asquerosa. Le compró una piletita a su nene con mucho esfuerzo y el chico no puede disfrutarla por el humo. "No querés estar comiendo una factura con olor a podrido", explica, y la frase resume todo: la vida cotidiana destrozada por algo que no debería estar ahí.
Las casas del IPPV son pequeñas. Aun así, cuando el olor entra —y siempre entra— se queda impregnado en la ropa, en el cuerpo, pegado en la nariz todo el tiempo. Se respira veneno. Se huele la propia basura prendiéndose fuego a metros de la puerta. Se convive con moscas enormes, "del tamaño de un caballo", con lauchas, con pájaros carroñeros. Se convive con el peligro de las enfermedades que eso trae. Se convive con el humo que tapa la ruta, con la vergüenza de que los turistas —esos que pagan fortunas por venir a "una de las ciudades más lindas del mundo"— crucen por ahí camino a Chile y vean la mugre a la vista.
"¿Cómo es posible?", se pregunta Denis. "¿Cómo es posible que tengamos ese vertedero, esa mugre a la vista, con el peligro que implica?".
Han hecho cortes de ruta. Han hecho protestas. Han hecho comunicados que salieron en los noticieros. Se han hecho estudios ambientales que confirman lo evidente: están viviendo con algo que no es sano, que les va a traer problemas a largo plazo como seres humanos. Los estudios muestran que ya está contaminando el lago Gutiérrez, las napas, la tierra donde algunos vecinos tienen huertas y quinteros. "No sé hasta qué punto es sano lo que están consumiendo ahora", dice Denis, "porque se está contaminando todo: cielo, tierra, todo".
En el vertedero no solo viven animales. Viven familias. Gente que convive con toda esa mugre y nadie los ampara, nadie los cuida, nadie los protege. "Un abandono total", resume. "En una ciudad donde están todos los recursos".
Denis recuerda cuando llegó el humo de los incendios de Chubut y se juntó con el vertedero. "Creo que fue la primera vez que Bariloche entero pudo sentir lo que es convivir con humo constante", dice. Como cuando explotó el Puyehue: el aire sucio, tóxico, ardiendo, molestando. "Es esa sensación todos los días, todos los días".
Su hermana perdió la casa en Epuyén en los incendios. Se quedó sin nada, con lo puesto. Y Denis piensa en la ironía brutal: están en emergencia ígnea, no se puede prender fuego porque se prende fuego todo, y sin embargo el vertedero arde y nadie hace nada. "Es una ridiculez gigante", dice.
La gente está cansada. El Pilar, desde que ella tiene conciencia, está haciendo reclamos. Se fueron sumando otros barrios, se unieron todos, protestaron juntos. Nadie los escucha. "Como con el gas en su momento", recuerda. "Al principio éramos un montón, después fuimos menos y al último eran tres pelagatos". La gente se cansa de protestar cuando no ve respuestas. Se cansa de escuchar mentiras. Termina desilusionándose, encerrándose en su casa, sin querer participar ni escuchar ni comentar nada.
Bariloche ha crecido de forma increíble en estos cuarenta años que Denis lleva viviendo acá. La ciudad no da abasto con los servicios: agua, luz, gas. No da abasto con las atenciones médicas, con las escuelas, con nada. Está saturada. Y obvio: si está saturada en todo, también está saturada en el vertedero. Se tira basura de forma triplicada, cuadruplicada, quién sabe cuánto más. No hay conciencia de reciclaje. No hay un lugar donde llevar las botellas, las tapitas, las cajas, las latas. No hay compost municipal. Ella lo hace en su casa, separa la basura orgánica, pero sabe que es muy poco en comparación con lo que tendría que hacer la ciudad entera.
"No hay nadie que realmente se ponga los pantalones y nos acompañe", dice Denis. Y después agrega, casi como un ruego: "Creo que nadie merece vivir bajo estas circunstancias, nadie".
¿Qué espera? Que lo saquen. Que cumplan con lo que vienen prometiendo hace más de quince años. Que trasladen esa porquería lejos y hagan bien las cosas, que hagan un buen trabajo.
Mientras tanto, cuando llegue el próximo verano Denis va a volver a despertarse ahogándose. Va a volver a tapar las rejillas con papel. Va a volver a meterse debajo de las sábanas para poder respirar. Va a volver a agradecer que su hijo no esté en casa esa noche. Va a volver a mirar por la ventana las montañas hermosas y después va a girar la cabeza y va a ver la ahumadera asquerosa. Va a volver a pensar en la piletita que le compró al nene y que el chico no puede disfrutar.
Va a volver a vivir —si a esto se le puede llamar vivir— al lado del basural de Bariloche, la ciudad más linda del mundo.
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