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Entrevista exclusiva a Diego Capusotto. ´El humor es siempre anárquico´

Entrevista exclusiva a Diego Capusotto. ´El humor es siempre anárquico´





Entrevista a Diego Capusotto

“El humor es siempre anárquico”

Diego Capusotto es el humorista actual por excelencia. Lejos de ser una moda, se escapa de la pose, del lugar común y se muestra de una manera que es subversiva en el medio en el que trabaja: ser tal cual es. En esta entrevista, más que hacernos reír, que lo hace, nos hace pensar. Habla del poder político del humor, como desmitificador del discurso reinante y como alterador de lo establecido; de sus enemigos, de las cosas en las que “se caga”, del proceso creativo colectivo, del fútbol, del rock y de la política. Aquí, el humorista más desopilante demuestra que también puede el más reflexivo si se lo escucha seriamente.

 

Por Luis Zarranz

luiszarranz@hotmail.com

Fotos: Sebastián León

seba_117@yahoo.com.ar

Desgrabación: Mercedes Manildo (¡Gracias!)

 

Primer Acto: Domingo, 17 horas. Suena el celular. El que habla del otro lado de la línea es Diego Capusotto que llama para terminar de cerrar el horario de la entrevista.

Segundo Acto: Martes, 14 horas en el bar “El Progreso”, en el porteño barrio de Barracas. Capusotto entra con la comodidad propia de quien ingresa a un lugar que siente suyo. Su calzado nos lo revela: medias y pantuflas.

Tercer Acto: El grabador se apaga pero él no da por finalizada la conversación sino que se muestra interesado en continuarla.

La lógica indicaría hacer la pregunta “¿Cómo se llama la obra?” pero la respuesta no tiene nombre de ningún espectáculo ni está protagonizada por ninguno de sus  personajes. En esta función, Capusotto hace de sí mismo.

Los tres recortes que sirven de ejemplo reflejan qué lejos está Diego Capusotto de cualquier vedettismo. Convertido, sin lugar a dudas, en el capocómico actual, sus programas y personajes multiplican fanáticos pero también cierto código de pertenencia. Este espíritu ha determinado que, sobre todo desde “Peter Capusotto y sus Videos”, él y el programa se hayan convertido en eso que suele definirse como “de culto”, aunque uno ya sepa que deberá disculparse por el término, debido al rechazo que nuestro protagonista reafirma contra la religiosidad entendida como actitud.

¿En qué se registra el fenómeno Capusotto? En la conversión del sustantivo propio al adjetivo. Aunque no se emplea cómo término, lo capusotteano, distingue no sólo una forma de hacer humor (absurdo, ácido, bizarro, desopilante, paródico) sino una ética y una estética: hacer reír con pocos recursos y lejos de esconderlos buscar que esa “debilidad” se transforme en fortaleza; exagerar ciertos lugares comunes con notable agudeza, un claro posicionamiento ideológico que cuestiona lo establecido, …; en fin: una identidad, una posición asumida que hace que cuando digamos el “humor de Capusotto” sepamos de qué hablamos.

Sentado en una de las mesas del centro de este bar nostálgico, tradicional, cuyo nombre –“El Progreso”- desmiente su esencia y donde el tiempo corre a paso lento, Diego espera el café y las preguntas. Antes de que se enfríen, las ponemos sobre la mesa

 

-Te has convertido en un humorista de culto. ¿Lo vivís así?

-No, lo que pasa es que dentro de un medio que apunta al éxito comercial, nosotros hacemos programas que no tienen grandes pretensiones cuando empiezan y siempre estamos convencidos de lo que hacemos, sea “Todo por $2”, “Delicatessen” con el Negro Fontova, o el programa que hacemos ahora con Pedro Saborido. En realidad, como no tienen la pretensión de estar acompañados por una gran propaganda que dicta que eso tiene que verse, mucha gente resalta eso: ahí viene la empatía. Más allá de que te tiene que gustar lo que estás viendo, se siente un poco más auténtico y tiene que ver con una especie de producto artesanal: aunque el raviol se hace con la misma masa pareciera que es la mejor casa de pastas, digamos que tiene esa cosa de más genuina

 

-¿Con los personajes que interpretás pasa lo mismo?

-Claro, primero nos tienen que gustar a nosotros. Después uno puede intuir que lo que se le ocurre o se le ocurre al compañero puede ser de agrado de mucha gente pero eso no se sabe nunca. Si no trabajas con una disciplina interna es imposible, porque sino estás mirando todo el tiempo el afuera. Nosotros lo hacemos para el afuera pero hay un paso anterior, una estructura que le pertenece a la gente que lo hace, digamos.

 

A esta altura, Capusotto ha bebido la mitad de su café chico. Habla más lento que el registro (televisivo) que tenemos de él. Las manos completan cada uno de los conceptos y éstos, lejos de tener la exclusiva finalidad de hacernos reír, nos hacen pensar. Se advierte un pensamiento profundo. Sostiene que el humor es, por definición, contrario a toda autoridad: “Por lo menos como yo lo entiendo es una deformación de la realidad, de lo cotidiano, de lo establecido, siempre. Es una fuga a mundos mejores”.

 

-¿De qué manera el humor hace política?

-Y, como alguna vez dijo Norman Briski, yo hago política porque hacer política es decir lo que está pasando, desde un lugar obviamente personal. Uno con lo que hace, no lo hace con la intención educativa o inmaculada para decir ‘se tienen que dar cuenta de lo que está pasando’. Uno es más anárquico, y de hecho eso tan anárquico después provoca un debate, o hacerse cargo de lo que uno está señalando. El humor es siempre más anárquico.

 

-¿En qué sentido?

-En el sentido de que dispara de cualquier dogma, de cualquier institución y de alguna manera es como una sensación de burlarse un poco de todo. A su vez eso tiene un sentido existencialista, filosófico: antes de llegar a burlarse de todo uno se pregunta a sí mismo qué es el universo, para qué estamos, para qué sirve esto: preguntas que tienen que ver con el ser y con lo posible, al ser uno un ser posible. Y a partir de ahí uno, a veces, se toma un recreo, entonces se caga en la muerte, se caga en los sentimientos, en el fondo se caga de eso.

 

El café hace rato que llegó a su fin cuando la charla parece estar entrando en esa zona imposible de definir pero perceptible con cualquiera de los sentidos. Es en este preciso momento, donde uno ansía la posibilidad de detener el tiempo para que la conversación se prolongue, y más teniendo en cuenta que, encima, el ambiente huele a comida casera. Nuestro deseo es imposible de cumplir pero contamos con la medicación necesaria para combatir la frustración:

 

-¿Te parece que el humor funciona como un antídoto?

-Sí, yo creo que sí. Me parece que es algo que tenés que llevar en el bolsito para salir a pasear, o de cacería, porque en la vida no es que uno está todo el tiempo riéndose o tomando partido desde la ficción. Lo que hacemos nosotros con Pedro es una necesidad que nos hace felices y nos da un sentido trascendente a nuestra propia vida, es como necesario hacer eso que hacemos y a su vez eso es una consecuencia de todo lo que nos pasa en lo cotidiano, en los signos de la realidad, y a la gente que ve el programa le debe pasar lo mismo: es una especie de militancia personal.

 

Como el lector aprecia, la referencia a Pedro Saborido, amigo y guionista de sus personajes, es reiterada. Es que Saborido y Capusotto componen una dupla que excede al andamiaje creativo y al nombre del programa: Peter, por Pedro; y Capusotto, por quién define: “A Pedro lo nombro todo el tiempo porque el programa lo hacemos los dos y porque a su vez también escapo de esta cosa de cierta categorización, y no es falsa humildad ni mucho menos. Como uno está presente corpóreamente pareciera que todo lo hace uno, entonces pasa a una exacerbación donde el mismo tipo hace la masa, la prueba, la sirve, la come”.

“Es un programa de equipo, -agrega Diego- y las cosas suceden cuando es un trabajo colectivo, cuando hay una idea en común que circula. La idea siempre es importante, no es simplemente el tipo que te hace reír”. Luego se detiene en ambos roles, no para marcar la diferencia, sino para acortarla: “Yo pongo la cara pero hay una idea que circula, esos personajes la toman y hablan de acuerdo a ella. Entonces de lo que vos te reís es algo que pensamos con Pedro. No importa ni siquiera si fue una idea mía: esa idea, Pedro la escribió y después yo la actué, entonces siempre hay algo que roza a los dos y es algo que siempre tengo en cuenta porque me parece central la revalorización del otro, y como nosotros estamos en un medio neurótico relacionado al ego y a esas cosas, creo que si uno necesita trascendencia en su vida, también la necesita junto a los pares que están en lo mismo y con Pedro estamos en lo mismo”, concluye.

 

-Diego, ¿en qué cosas te cagás?  

-(Hace una pausa, los ojos se clavan en el horizonte y cuando vuelven hacia nuestra mirada, responde) En la exacerbación de algo que, más que un sentimiento es una actitud, como diría José Ingenieros haciendo referencia a la religiosidad: la toma como una actitud y no como un sentimiento, con lo cual de ahí al fanatismo estás a un paso; y me cago en esos discursos que mientras están siendo dichos se derriten, de eso me cago. Y eso ponéselo a la autoridad que quieras, hay autoridades que son genuinas y hay autoridades que no: yo me río de eso.

 

-¿Cuáles te parece que son genuinas?

-Las que están acompañadas por una acción concreta, con la inmediatez. Por eso me parece genuino el Padre Mugica y no Ratzinger, que me parece que es el eje del mal.

 

-¿Y cuáles son esos discursos derretidos, fuera de la verdad?

-La verdad me parece que no es la verdad dicha, la verdad dicha no existe porque lo dicho siempre es contradictorio en algún punto, como eje de cierta sensibilidad entre lo que estás diciendo y lo que pasa. La verdad que existe es en el sentido de estar haciendo y estar cumpliendo lo que se dice, en la actividad, en la motorización.

 

-A la hora de la verdad, ¿te ponés límites al hacer humor?

-No, los límites tienen que ver con los gustos, con lo que no te causa tanta gracia. Me lo pongo más con eso que en una cuestión social o política. Por ejemplo, hoy estaba hablando con Pedro porque se nos había ocurrido hacer un grupo de rock que canta todas canciones en contra de Maradona.

 

Ahí está la mirada y el absurdo de Capusotto para provocar risas espontáneas frente a la ocurrencia y ante los gestos que la acompañan: “Un grupo que diga: ‘No conozco a Marado, no sé si era mejor que Pelé’. Contrario a esa cosa ‘Marado, Marado’ tan frecuente. Jamás me importaría que algún pelotudo diga, ‘¿Cómo te vas a meter con alguien inmaculado?’ En realidad yo amo a Maradona, pero me parece que el humor está justamente en degradar eso que está como un imaginario correcto y devenirlo en una cosa así, porque creo que el humor siempre te acerca a la niñez, donde ahí realmente te cagás en todo y ya después lo dejás. En eso es en lo que te empezás a acercar a ser como más niño: cuando te cagas en el imaginario, pero no porque uno esté precisamente en contra, al contrario”, dice el humorista que con su miranda profunda se (nos) descubre como antropólogo maestro del humor.

“Me causa gracia lo de Maradona porque está inserto en esto de que podemos putear a todos pero a Maradona no: es intocable. Entonces nos podemos fumar veinte fasos, tomar siete hongos pero Maradona está bárbaro. Es un juego de chicos pero a través de algo que uno observa y termina diciendo: ‘Bueno, me voy a cagar en esto’. Hay algo de salvajismo en el tema del humor”

 

Lenta pero inexorablemente el tiempo se nos escapa por entre los dedos y en pocos minutos la entrevista será pura anécdota, todo comentario, sensación, recuerdo. Sin embargo, Diego nos sigue invitando a compartir su mundo. El fotógrafo, que lo retuvo innumerables veces en su lente, se anima a preguntar

 

-A mi me gustaría saber qué tipo de lectura sentís que hizo algo en vos

-A vos no te contesto

 

Son dos segundos de seriedad hasta que Capusotto larga la risa y, lógicamente, nosotros también. Luego, larga la respuesta: “Por ejemplo ahora estoy leyendo un libro que me hace muy feliz leer: ‘El hombre mediocre’, de José Ingenieros. Me parece muy revitalizador de la vida, de esto de sostener realmente un ideal, una trascendencia en tu vida, que no es el reconocimiento exitoso sino esta cosa de saber que uno tiene ahí algo entero que no se quiebra, ¿no? y que lo hace fuerte también, en el sentido más leal de la palabra, no la fuerza física.

Uno encuentra pares con los autores de muchos libros, está cosa de decir ‘yo pienso igual que él’, como saber que uno está instalado en algún tipo de tribu donde hay una idea circulante que es la que a vos te parece la correcta para vivir. Y eso lo encuentro en la música, que me parece el arte más excelso, y en tipos que escriben: Nietzsche, Kierkegaard, aunque a veces me supera. Está bien que te supere, no necesariamente tenés que leer para entender.

 

-¿Te considerás rebelde?

-Y, con respecto a algunas cosas, sí, claro. Digo con respecto a algunas cosas porque en realidad uno está formando parte de los signos de la realidad, pero me considero un tipo bastante curioso. Y a partir de ahí hago lo que hago y eso está vinculado a la sensibilidad sobre lo que ves, lo que profundizás, con quién te juntás y sobre esta necesidad de demoler verdades que no son, eso me parece interesante. Demoler un discurso que vos tenés la certeza que no es, te solidariza con el otro. A mi me irrita muchas cosas de lo real y de hecho José Ingenieros, no me voy a comparar con él, desde ya, pero supongo que escribió eso porque estaba irritado. Lo que pasa es que el tipo tenía qué decir; ahora, si sos un irritado y puteás porque sí, sos un neurótico.

 

-¿Desde la irritación se puede hacer humor?

-Desde ya, siempre, porque el tema de burlarse sobre lo que te duele, es como sacarte un peso de encima y a su vez tiene esa cosa de desmoronar una idea, de ponerse del lado de enfrente y el humor, con sutileza e inteligencia, te coloca ideológicamente de la vereda de enfrente. Hay algo de duende en el humor, que sería bueno que fuera un duende muy sabihondo, que sepa de lo que se burla y donde está la mentira para burlarse y desmoronarla. Esa es la proyección que yo tengo como personaje ideal, esa cosa de duende como maléfico, no maléfico de hacer maldad, sino de la intención y de conocer la esencia de las cosas. Por eso nunca voy a llegar a eso, porque uno nunca las va a saber.

La proyección para mí del personaje ideal es desmoronar la mentira de los que supuestamente creen que saben y no saben nada, así como juego, me parece…y además porque creo que los verdaderos enemigos ideológicos nuestros se ponen nerviosos cuando te burlás. Es como la degradación total de algo que tienen armado, como cosa conductiva y directiva de conductas. Por eso digo que es interesante demoler eso, algo más vinculante a lo social.  

 

-¿Y quiénes son tus enemigos, Diego?

-Las instituciones tal como están construidas son siempre como oponentes. Entonces ahí pongo a la institución militar, la educativa o la religiosa. Por supuesto que la institución educativa me parece mucho más interesante. Las otras están construidas para estar ligadas al poder y a la cuestión dirigista, tienen como una génesis de pertenecer al estado de control. Entonces todo eso a mi me genera ya de por sí sospecha y me empiezo como a agazapar y ahí empiezo a buscar los pares, a prestar atención porque esto va a ser determinante en tu vida y en tu conducta.

 

Como se aprecia, Capusotto aporta una mirada filosófica, casi socrática en aquello de desmoronar el pseudo saber, y también da noción de un ser anárquico. Le trasladamos la inquietud: “Puede ser porque tengo una lucha entre lo que está establecido (estoy ubicado en este mundo, donde uno sigue ciertos signos para no quedar tan desolado y se acomoda a la convención) pero por otro lado siempre que puedo trato de desmitificar el orden establecido y los dogmas. Eso tiene que ver con una sensibilidad sobre lo que te rodea y en mi caso tiene que ver también con la descomposición del discurso oficial, para derrumbarlo con una cierta base sólida ideológica que te permita estar en los lugares elegidos y no estar ahí en la ambigüedad y en el discurso dicho, sólo porque tenemos el lenguaje y necesitamos hablar”.

 

Nos quedamos con eso: con esa descomposición del discurso oficial, con la ligazón entre discurso y acción para proponerle, a instancia del fotógrafo, leer la tapa del diario “La Nación” y fotografiar la cara que le sugiere cada noticia. Ahí no hay palabras pero su rostro habla por doquier y, como durante toda la tarde, también nos dejará pensando.

 

 

Recuadro

Futbol, rock y política

-Queremos llegar al fondo de tu ser y preguntarte si Racing se salva del descenso

-¡Ya! Sí. Está la mística preparada para que así sea.

 

-Estás confiado…

-Por supuesto, así somos los racinguistas

 

-Tenés una ligazón muy barrial: Barracas, el fútbol, esta cosa del rock a roll…

-Sí, esas son las cosas que te tocan, pero a su vez también es un poco la desmitificación de esas cosas. Por ejemplo, a mí me toca el fútbol pero no de acuerdo a la oficialidad que dice cómo es el fútbol, cómo tiene que ser: yo lo entiendo de otra manera. Me toca desde el amor que tengo por el juego, por lo que produce. Es totalmente alocado: imaginate que pertenecer a un club donde los que están jugando son otros, pero a la vez  vos también sentís que estas jugando…

 

-Y hasta lo decimos en plural: “Ganamos”…

-Es una cosa muy rara pero también tiene una cosa colectiva, que es interesante. Si hay una imagen del mundo mejor, donde todo el mundo se abrace, eso es un poco el fútbol, que, a su vez, representa al mundo real porque hay un contrario que está haciendo fuerzas para que pierdas. Hay una autoridad, el referí, que el fútbol técnico la puede vencer, pero la cargada del contrario, esto de que hay oponentes del otro lado que están en la misma situación tuya pero que vos los entendés como enemigos, también es raro.

 

-¿Y con el rock qué relación tenés?

-Y también, para mi es primero una relación de gusto por la música y por el sonido. Hoy escucho un poco de todo porque no pertenezco ya a la tribu del rock, me interesa más el sonido que la tribu…

 

-¿Y qué te significó pertenecer a la tribu del rock?

-Un lenguaje que era donde vos tenías que estar colocado. Es lo que hablábamos anteriormente del lenguaje frente a lo establecido y la idea de moldear conductas. Siempre era como un estar del lado de enfrente, y el sonido también tenía que ver con eso. Y además también fue para nosotros un refugio, sobre todo para mi generación: el refugio de la dictadura para nosotros no fue la militancia sino el rock. Hubiese sido la militancia si capaz hubiésemos tenido familias militantes.

En mi casa se hablaba mucho de política, mi hermano de hecho era un tipo muy curioso y muy lector, que navegaba dentro del rock y de ir a Ezeiza a recibir a Perón. Incluso en mi casa, una vez vinieron a buscarlo por una denuncia y a los tres días apareció, o sea no viví lo letal de la dictadura pero casi…

Es una charla que siempre tuve pendiente con mi hermano y nunca la tuve, es raro, porque cuando pasó eso yo tenía 15 o 16 años y tengo el recuerdo de las tres personas que vinieron, de uno de ellos pateando la cama donde yo estaba durmiendo, y es una charla que tengo pendiente con mi hermano: lo que sucedió en esos tres días.

 

-Un recuerdo preciso y una deuda, como marcas de la dictadura…

-Sí, entre otras cosas. Nosotros veníamos de escuchar de nuestros mayores que un Golpe de Estado era normal, porque la propia sociedad lo aceptó, de hecho. Entonces eso a nosotros nos parecía que era habitual, teniendo 15 años, pero por otra parte sentíamos el patrullero en nuestras vidas: la intuición de saber que algo feo pasaba, pero no saberlo en concreto. Los diarios no decían nada, sólo ‘enfrentamiento con la subversión’ y no solamente eso, sino que inclusive en los diarios salió que Arrostito había sido muerta en un enfrentamiento cuando estaba en la ESMA, chupada hace un año; es decir, el plan de información era que todos los días había un enfrentamiento y en realidad era Terrorismo de Estado.

 

-Ernestina Pais dijo en una entrevista que te votaría como legislador, ¿aceptarías?

-Lo de Ernestina fue un poco en broma porque tiene que ver por lo que mucha gente simpatiza con el programa nuestro, esta cosa de tratar de no entrar en el circuito comercial y del éxito, sino mantener un lugar de cierta comodidad, en la que del programa no se negocia nada. Nuestra elección es por fuera del “éxito” y por fuera del doble de plata, y no estoy diciendo que nosotros ganemos dos mangos, pero sí que podríamos ganar el doble pero preferimos la autenticidad de la gestión, el impulso creativo.

Sin embargo, no estaría en ninguna estructura política porque tengo la contradicción de ser un tipo muy curioso en la construcción, pero por otro lado también saber que la construcción política tiene un componente muy fuerte de dogma y yo escapo de eso. Entonces, yo sé que en el Poder hay que negociar con los más malos y no estoy capacitado para eso. Sé que hay que hacerlo y podría hacerlo si quiero, pero también me agarra stalinismo, ¿viste? Entonces no lo podría hacer, y me parece que el poder no es la charla del bar de cómo se debería hacer, sino que el poder es muchas veces negociar con los malos y sobre todo con lo que está enquistado socialmente como construcción política.

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