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Colectivo Al Margen



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LOS CAMINOS DE LA VIDA

LOS CAMINOS DE LA VIDA





Por; Luis Zarranz, Fedra Spinelli y Nicolás G. Recoaro

Éxodos, migraciones y exilio en Argentina
De Clandestinos, nómades y exiliados


LOS CAMINOS DE LA VIDA

“El inmigrante no tiene fronteras,
son los otros los que
lo hacen inmigrante”.


Dejar la tierra propia, derecho a la fuga, camino de muchas idas y pocas vueltas, los emigrantes van en búsqueda de un destino que no siempre es mejor que el abandonado.

Una historia cuenta que existió en tiempos antiguos un rey llamado Serendipo. Serendipo tenía una hija muy bella que era soltera. Entonces convocó a los más destacados pretendientes para ver con cual la casaría. Acudieron tres caballeros, todos de una fama intachable en lo que respectaba a su valentía. La indecisión de Serendipo hizo que éste optara por mandar a cada uno a hacer una prueba muy peligrosa. Pero sucedió que en el camino para realizar esa prueba, cada pretendiente encontró nuevos tesoros, nuevas mujeres, nuevos intereses. Y así el plan de Serendipo quedó desbaratado por el resultado de las aventuras que él mismo había propugnado. En base a esta leyenda el sociólogo norteamericano Robert Merton nombró “serendipity” al descubrimiento que se hace mientras se está buscando otra cosa.
Una sucesión de serendipities es lo que encuentran los miles de hombres y mujeres que deben dejar sus hogares para vivir la durísima experiencia de la migración. Salir a lo desconocido, más allá de lo cotidiano pero no necesariamente hacia lo espectacular, sino a otras cotidianidades: tener trabajo, salvar sus vidas, escapar de la guerra o de la hambruna.

Allá vamos
El diccionario, que ignora muchas cosas, define al vocablo “inmigración” como la llegada a un país de personas extranjeras con el propósito de establecerse en él como residentes permanentes. El diccionario no dice el dolor que eso causa, ni la pena y la melancolía que provoca. La inmigración es un fenómeno que se ha dado a lo largo de toda la historia de la humanidad, de ahí que pueda decirse que el ser humano es una especie migratoria, sin embargo, hay determinados periodos en los que dichos movimientos se intensifican y adquieren gran importancia por razones económicas, políticas, demográficas, de índole religioso, social o las motivadas por catástrofes naturales. Actualmente unas 120 millones de personas viven fuera de su país de origen, de los cuales 20 millones son migrantes latinoamericanos.
Las frías estadísticas dicen, también que la Argentina tiene el 5% de su población extranjera, o sea cerca de 1.600.000 almas provenientes de 191 países distintos. Se sabe que una regla de la inmigración en el mundo es que la más numerosa corresponde siempre a la de países limítrofes. Por lo tanto, no es excepcional que en la Argentina, de cada 5 extranjeros 3 correspondan a países limítrofes. Lo que seguramente no se sabe es que desde 1869, y con relación a la población total del país, el porcentaje de inmigrantes del Cono Sur nunca superó el 3% a lo largo de 130 años. Por lo tanto es una falacia el argumento que esgrime que “los inmigrantes nos roban nuestro trabajo”.
Históricamente la inmigración limítrofe estuvo asociada con el trabajo agrícola: grupos de trabajadores paraguayos con las cosechas de algodón y yerba en Formosa, Chaco, Corrientes y Misiones; trabajadores bolivianos en el tabaco rubio en Salta y Jujuy, azúcar el Tucumán, y con horticultura en Mendoza y provincia de Buenos Aires. El grupo inmigratorio chileno en la Patagonia, vinculado a tareas de esquila, en el Valle de Río Negro, para recolección de peras y manzanas. El grupo inmigratorio uruguayo, en su mayoría en Capital Federal y Gran Buenos Aires, vinculándose en tareas de servicio.
La crisis de las economías regionales (crack algodonero en Chaco, crisis de sobreproducción de azúcar, cierre de ingenios en Tucumán, crisis tabacalera y disminución de la producción forestal, (todos ocurridos a partir de la segunda mitad de la década de 1950 y principios del ´60), generaron un desplazamiento del ámbito rural hacia el urbano que impactó en el Gran Buenos Aires y Capital Federal.

¿Sin qué?
La migración, como proceso, se explica a partir de diferenciales socio-económicos entre los países (o regiones) de origen y los de destino. Esto presupone que el destino elegido presenta crecimiento económico y capacidad de absorber la fuerza de trabajo migrante, estabilidad política o mejores condiciones sociales.
Los migrantes desafían fronteras, reglas migratorias, papeles, condiciones geográficas y se zambullen en el desafío de encontrar una vida mejor lejos de la tierra de uno. Esta experiencia desgarradora implica, generalmente, la distancia con seres queridos y el desdoblamiento del propio ser entre lo viejo y lo conocido por lo nuevo a conocer. No debe haber bajo esta tierra sensación más desdeñable como la que provoca que la tierra donde uno se crió y de donde se mira el mundo, lo eche a patadas y le diga “fuera de aquí”. Así como los exiliados políticos de los 70 tuvieron que aprehender a tomar conciencia que sus vidas corrían peligro por las amenazas del propio Estado, el mismo Estado es el que hoy en día se encuentra incapacitado para brindar oportunidades dignas a cientos de miles. Bolivianos que ofrecen sus manos en obras de construcción argentinas, argentinos que ofrecen sus manos para lavar copas en España. ¿Y el Estado?.
“Disculpe las molestias, estamos trabajando para usted”
El mismo sistema que levanta la voz para denunciar a los “sin papeles” no dice ni media palabra sobre las condiciones de explotación en las que trabajan ni para quienes. “Sin papeles” es el nombre que reciben los desesperados de hoy. Pocos llaman “sinvergüenzas” a los que legitiman un modelo que necesita esparcir a las personas pero concentrar el fruto de su trabajo.
“Bolitas” y “sudacas” que primero son víctimas de la expulsión y más tarde hijos de la discriminación. La noción de diferencia funciona como sinónimo de desigualdad llevando irremediablemente a la discriminación. Desde esta analogía, los diferentes –sean homosexuales, villeros, bolivianos, mujeres, gordos o viejos – lo son siempre en relación a “lo normal”. ¿Y quién define esa norma?. Por desgracia, muchas veces son los medios comerciales de difusión quienes legitiman conductas socialmente aceptadas.

Árbol Migratorio
Argentina ha sido experta en recibir multitudes de inmigrantes que huían de sus países de orígenes. Después de todo, debe su composición actual a las oleadas de inmigrantes que venían a “Hacer la América”. Como dolorosa paradoja los nietos de esa generación, cruzan el charco en busca de las bondades del Primer Mundo.
Desde hace más de 140 años, cuando la generación del 80 comenzó a impulsar la inmigración –siempre la europea- para poblar nuestro país, Argentina fue albergue de distintas lenguas. El estereotipo idealizado por la élite de aquellos años imaginaba a blancos, sajones y cristianos que migrarían en masa a las tierras de la joven Argentina. Sin embargo, miles de italianos, gallegos y judíos cruzaron el océano para laburar esta tierra. Se calcula que entre 1881 y 1910 ingresaron más de un millón y medio de inmigrantes a la Argentina, logrando poblar más del 35% de todo el territorio nacional. Eran épocas en que el crisol de razas, con la supuesta adaptación plena de los inmigrantes a nuestra sociedad, no mostraba fisuras a la vista.
Paralelamente, esa importancia de la inmigración y su aporte al crecimiento del país fue resignificándose bajo el riesgo de la invasión de las ideologías libertarias y socialistas que trajeron muchos obreros inmigrantes. La condición nómade, anarquista y progresista de muchos migrantes, acusados de una identidad nacional ambivalente, los volvió en el contexto argentino, peligrosos a los ojos del Estado, que buscó impedir su desplazamiento e intentó promover su sedentarismo y fijación en la construcción de una ciudadanía netamente argentina.
El flujo migratorio de fines del siglo XIX y principios del XX provocó un problema cultural, lingüístico y fundamentalmente político, porque los inmigrantes tenían la mala costumbre de armar sindicatos, hacerse socialistas o anarquistas y de hacer valer sus derechos. Es decir, la inmigración produjo un fuerte cimbronazo sobre el tejido social y el Estado liberal comprendió que para mantener su poder debía ejercer un rol disciplinador y represivo sobre los inmigrantes. Ley de residencia, expulsiones masivas y asesinatos fueron la respuesta que dieron los gobiernos de aquel entonces.
A pesar de las proclamas sobre la igualdad, la ley y la constitución, los espacios de poder y los círculos sociales, mantuvieron esa posición excluyente y explotadora sobre los inmigrantes. Con el pasar de los años, la inmigración desde los países limítrofes asumió un papel destacado en esta suerte de genealogía migratoria que intentamos tejer. Paraguayos, bolivianos, chilenos, peruanos y uruguayos fueron los protagonistas del nuevo flujo migratorio que vivió la Argentina desde la década del cincuenta. Bonanza económica, crisis financiera y persecuciones políticas hicieron que el flujo migratorio hermanara a una gran porción de Latinoamérica. Alguna vez el escritor Aníbal Ford dijo que las culturas latinoamericanas se asemejan mucho a las estructuras del viaje porque su propia impronta existencial nos provee de metáforas, caminos isomórficos, que se acercan a lo que hoy son nuestras culturas, constantemente en migra, en traslado y mutación.
Los setenta trajeron la persecución política y miles de desaparecidos por el accionar represivo que ejercitaba el Proceso y sus vecinos asesinos. Exilios obligados que contribuyeron a la formación de diásporas americanas, con posibilidad remota de retorno a sus tierras y familias.

1 a 1 (y perdimos por goleada)
Durante los noventa, buena parte de ese maravilloso flujo que provenía de los países vecinos fue demonizado. Los inmigrantes de los países limítrofes fueron acusados de ser los responsables de los problemas más acuciantes del país: el crecimiento del desempleo, la inseguridad y de la crisis de los hospitales públicos. Eran los años del menemato, donde el discurso político y de los medios estigmatizaba a los inmigrantes y los asociaba a los problemas económicos y sociales que comenzaba a tener las políticas neoliberales impulsadas desde los primeros años de la década del noventa. Como olvidar la supuesta “extranjerización de la delincuencia” que expresaba el entonces Ministro del Interior, Carlos Corach, o de la “invasión silenciosa” de la que advertían algunos medios de comunicación. Posturas fascistas y discriminatorias, que aún hoy, tienen representantes en algunos estratos de la sociedad argentina. Muchos argentinos pueden mantener su estilo de vida gracias a una gran variedad de empleos que realizan esos inmigrantes.
Durante fines de la década del noventa se da el camino inverso al emprendido por los inmigrantes de hace más de un siglo. Miles de argentinos y latinoamericanos emprendieron el retorno hacia el viajo continente, diáspora y éxodo forzado por la crisis, fuga de cerebros y exilio involuntario de toda una generación.
Los talleres textiles que esclavizan a gran número de inmigrantes, la mirada hacia otro lado del Estado nacional, y la pseudo regularización de muchos inmigrantes clandestinos son algunas de las realidades que viven buena parte de esos miles de hombres, mujeres y niños que han venido a estas tierras a ganarse el pan.
“Quieren pan no le dan, piden queso, le dan hueso y le cortan el pescuezo”

Recuadro 1:

MARCA REGISTRADA
Miguel Schclarek nació y vivió hasta los doce años en San Julián, en la ventosa Santa Cruz, epicentro de la Patagonia. En este pequeño poblado, frente al mar, fue tejiendo aventuras de barcos y viajes exóticos.
Susana Gabbanelli hizo su vida en Mar del Plata. Desde la “Ciudad Feliz” ella también vio salir y llegar a cientos de barcos y miles de turistas. Quizás nunca pensaron, cuando eran unos gurrumines, que ellos del mismo modo deberían atravesar ese océano que se prolonga hasta el horizonte. Susana y Miguel son ex exiliados. Ambos tuvieron que abandonar el país y partir hacia tierras lejanas debido a la persecución y a las amenazas que el Estado les propició en la década del 70. Los dos son miembros de COEPRA, La Comisión de Ex Exiliados Políticos de la República Argentina, que busca la sanción de una Ley de Reparación, (actualmente tiene dictamen de Senadores) y que nuclea y enlaza a muchos de los que tuvieron que emigrar por razones políticas.
Aquí se zambullen en otro viaje, en un viaje al interior de cada uno en busca de recuerdos, anécdotas e historias.

-¿Cómo es ese momento donde se toma la decisión de irse?
-Susana: Yo estuve presa. Me detuvieron en el 75, en Mar del Plata. Estuve presa un mes y medio y cuando me dejaron en prisión domiciliaria, me escapé. Me fui a Buenos Aires con mi marido y mi hijo mayor. Ahí fue muy difícil, yo tenía 26 años pero fue muy difícil conseguir trabajo, cambiábamos de casa a cada rato. Igualmente nos quedamos un año en Buenos Aires. El tema era que periódicamente ponían mi foto en el diario y la situación era insostenible y nos tuvimos que ir. Nos fuimos a Brasil porque un familiar mío fue a las embajadas a ver si nos daban asilo y le dijeron que no, que teníamos que ir a un país limítrofe y ahí sí nos iba a dar asilo. Nos fuimos en micro con mis dos hijos: Camilo, de 4 meses y Nahuel, de un año y medio.

-¿Cómo fue el momento del cruce, sabiendo que si te pescaban te podían chupar?
-Decidimos pasar por Foz de Iguazú, o sea por las Cataratas porque en ese momento era Pascuas. Entonces hicimos un calculo para llegar hasta Posadas, de ahí a Puerto Iguazú y cruzar en la última lancha, cosa que estén podridos de controlar. Y así lo hicimos. Llegamos justito. La embarcación estaba llena de brasileros y cuando íbamos mas o menos por la mitad del recorrido con mi marido nos abrazamos porque dijimos: “Zafamos”. ¿Pero qué pasó? Los brasileros empezaron a hacer una batucada, contentos porque habíamos zafado y nosotros decíamos: “Ay por Dios, ahora pegamos la vuelta por todo este barullo”. Ellos nos abrazaban, saltaban y nosotros queríamos que se callen y no hacer demasiado escándalo hasta llegar.
Cuando llegamos al lado brasilero nos ayudaron para pasar por la Aduana y no quedamos registrados.

-¿Conseguir el asilo fue como les habían dicho?
-Nooo. Fuimos a una embajada de un país amigo y nos atendieron en la vereda. Así que estuvimos un año en Brasil, indocumentados. Mi marido cargaba bolsas en un mercado de San Pablo. Hasta que al año vemos en el diario una nota que contaba la ayuda que la Iglesia Católica estaba dando a los exiliados de los países limítrofes. Nosotros dijimos: “O es cierto o es una trampa”. Fue mi marido y era cierto. Ahí conseguimos el status de refugiados dado por Naciones Unidas.

-¿Qué tipo de protección les da la categoría de “refugiados”?
-Pasábamos a ser legales. Teníamos lo que se llama “asilo territorial”: no podes trabajar ni tener contactos con brasileros, supuestamente. No te olvides que en Brasil también había una dictadura. Mi marido dejó de trabajar, en ese momento estaba como encargo en una estación de servicio. Después de ahí salimos rumbo a Holanda

-¿Por qué Holanda?
-Porque el ACNUR hizo un pedido especial de asilo político y eso duró unos cuantos meses en tratarse. Cuando llegó la respuesta, que fue negativa, le dieron al ACNUR 48 horas para sacarnos de Brasil. En ese momento había visas abiertas en Suecia y Holanda y decidimos Holanda.

-¿En tu caso Miguel, como fue tu historia?
-Miguel: Mi caso fue un poco diferente porque nosotros nos vamos en el año 74. La triple A mató a un cuñado mío, que fue una de las primeras victimas de la AAA y a los treinta días de matarlo a él, me amenazaron de muerte a mí y a mi compañera. Nosotros éramos arquitectos jóvenes, teníamos 30 años, trabajábamos en Concordia, habíamos militado en la Universidad y estábamos militando. Por suerte, teníamos mucho trabajo
No teníamos muy en claro la real necesidad de irnos. Primero nos fuimos de la ciudad. Dijimos que íbamos para un lado y nos fuimos a otro. Tuvimos que auto-convencernos porque uno nunca creía que estaba en peligro. A pesar de que habían matado a mi cuñado uno no pensaba que la bestialidad de estos tipos iba a llegar a tal extremo. Y aparte había un tema de conciencia política. Uno no quería irse, éste era su lugar de militancia. Pero no quedaba otra. Entonces una vez tomada la decisión, había que decidir a donde ir. Pensamos en España porque teníamos a mi cuñado que vivía allá, (el otro hermano de mi ex esposa), que nos iba a recibir.
Nosotros llegamos el 22 de diciembre del 74, mi cuñado nos consiguió trabajo, mi esposa estaba embarazada y esa era otra cosa que nos preocupaba. Mientras estábamos en Madrid los últimos meses del franquismo fueron muy, muy jodidos porque había mucha represión. Nos habíamos anotado para hacer un curso en la Universidad de Madrid y justo hubo una huelga, y al salir de la clase la Policía nos pidió los documentos y nos maltrataron bastante. Dijimos: “Salimos de la sartén y nos metimos en el fuego”. No nos podíamos quedar en España y en marzo, o sea tres meses después empezamos a buscar adonde podíamos ir. Nos salió una beca para hacer un curso en Polonia. Estuvimos en Polonia seis meses. Mi hijo ya tenía ya un año, lo habíamos tenido en España. De Polonia cruzamos a Suecia.
Ahí nos encontramos con unos chilenos, hicimos amigos y nos dijeron que teníamos derecho a pedir asilo. Para nosotros era una cosa impensada. Uno lo pensaba para los presidentes, no para uno. Pedimos asilo, finalmente, y mientras se considera la situación el estado sueco te coloca en un estado de “buscador de asilo” y te da un dinero, una vivienda: una actitud muy solidaria.

-¿Cuanto estuviste en Europa?
-En Suecia estuve 10 años. Me separe, me volví a juntar. Tuve dos hijos más. Volví a Argentina en la peor de Alfonsín, pero no pude quedarme acá y tuve que volver. No tenía dinero, era todo muy incierto. Me quería ir de Suecia y me fui España donde me quedé 10 años más. Me volví a separar porque mi segunda ex mujer se quiso quedar en Suecia. Y vine definitivamente en el 96.

-Susana, ¿vos cuanto tiempo estuviste en Holanda?
-Yo estuve afuera 8 años y medio. Volví en el 86

-¿Cómo es la relación, en el exilio, con la gente que quedo acá?.
-M: Durante el tiempo que estuve en Polonia mi familia escribía pero con muchísimo miedo, espaciadamente. En Polonia no teníamos idea de lo que estaba pasando acá. No había diarios argentinos, casi no llegaba información. Empezamos a tener más idea cuando fuimos a Suecia, donde había un diario argentino, “La Opinión”. Ahí nos enteramos de lo que verdaderamente estaba pasando.
-S: Nuestra correspondencia era con los familiares directos, muy espaciadas; simplemente para contar como estaban los chicos. Había un control sobre nuestras familias.

-¿Cómo se reorganiza la vida allá?
-M: No se como fue el caso de Susana, pero nosotros cuando nos podíamos comprar un mueble nos comprábamos sillas plegadizas, todo desarmable, para poder llevar. (Susana se ríe y asiente con la cabeza). Todo provisorio.
-S: La idea de volver ronda siempre.

-¿Cómo es vivir con la idea permanente de “vamos a volver”?
-M: Salvo excepciones muy contadas, la gente que decidió quedarse allá lo decidió cuando ya se podía volver y no antes. Antes era imposible. (La categoría “antes” refiere a “antes” o “después” de la dictadura). Después de diez años ya se han generado vínculos, relaciones, separaciones, casamientos, hijos. Entonces la decisión que uno pueda tomar afecta a terceros. Yo me voy, pero qué pasa con la compañera con la que estoy; los chicos ya tienen sus amigos. Es una decisión muy, muy fuerte.

-¿Qué cosas llevaban de acá, en cuanto a costumbres y usos, que allá no encajaban?
-S: Tomar mate.
-M: Sííí. En un lugar, yo encontraba yerba y abajo un cartel decíal “El secreto de la eterna juventud del gaucho argentino”.

-Siempre fueron buenos vendedores los suecos.
-M: Sí, así parece. Sacando el mate, el tema de los abrazos, las reuniones, lo hacíamos con los amigos chilenos, uruguayos. Los suecos no son muy abiertos, son más reservados. Con el tiempo, te invitan a las casas pero viven en un nivel de encierro y concentrados en cada uno.

-¿Pudieron continuar una actividad militante, como la que tenían acá? ¿Cómo se resuelve esa tensión de adaptarse a lo nuevo y querer cambiar el mundo en el que se vive?
-S: La distancia me amplió la claridad política hacia lo que pasaba en Argentina. Tuve una militancia de denuncia por lo que pasaba acá. Eso te hacia tener mucho contacto con la gente interesada, con asociaciones como Greenpeace, Amnesty. Había un grupo de gente muy lindo.
-M: Al principio era muy difícil hablar del tema de Argentina porque ellos estaban concentrados en lo que pasaba en Chile. En casi toda Europa pasaba lo mismo: se privilegiaba lo de Chile por sobre lo de Argentina. Ocurre que en Chile el Golpe fue contra un gobierno socialista. En Europa había partidos socialistas muy fuertes, casi toda era gobernada por la socialdemocracia. En cambio, yo venía de un país donde esos partidos son muy minoritarios y no entendían lo que era el peronismo.

-¿Cómo fue el momento en que, por fin, se decide pegar la vuelta?
-S: En nuestro caso fue bastante peculiar porque después de las elecciones nos queríamos venir urgente pero como habíamos estado presos y mi marido seguía procesado, no nos cerraban la causa y seguía con pedido de captura. Hasta julio del 86 que nos cerraron todas las causas, no podíamos volver y estuvimos del 83 al 86 con todas las cosas embaladas, esperando que se levantara el pedido de captura

-¿Con qué país te fuiste y con qué país te encontraste?
-S: (Silencio). Nosotros llegamos, por empezar, y nos quedamos en Capital, no volvimos a Mar del Plata por lo que es ya como un segundo exilio. Llegamos en pleno Plan Austral, con lo cual no entendíamos nada. Había un nuevo billete pero seguía circulando el billete antiguo. Fue más difícil la reinserción, la vuelta acá que cuando llegamos a Holanda.
-M: Sí. Es mucho más difícil la reinserción acá que la inserción allá. Porque allá tenías, con el asilo, una protección que te daba el Estado y acá nada. Sos más grande, estás más cansado, Imaginate que yo estuve 21 años afuera. Me fui con treinta y volví con 51 y a esa edad estaba en una situación parecida a cuando me recibí, a los 28: sin trabajo, para empezar todo de nuevo pero con otro país y con 51 años. Era un país sin trabajo.
-S: Aparte tenes la imagen de la Argentina con la que te fuiste.
-M: Y no nos olvidemos que la dictadura hizo un trabajo que no terminó con ella. Hizo un trabajo muy fuerte con la conciencia de cada individuo. Hubo una campaña de desinformación.. Yo volví en el 96 y era muy difícil hablar todavía del exilio con otra gente. Era el “exilio dorado”: “Lo pasaste bien”.
-S: La pregunta que nos hartaba era “¿por qué te volviste?”. Como si uno se hubiera ido porque quiso. Nosotros nos fuimos porque no teníamos ninguna otra opción para sobrevivir. A nivel social cuando volves te encontrás con un país distinto, cambiado. Aparte cuando uno se va tenía las redes sociales armadas y cuando volves es empezar todo otro vez.

-¿Qué significa para ustedes la patria?
-Las raíces, dicen a dúo
-M: Yo estaba en Suecia y me sentía como un actor dentro de un teatro con un decorado que no te pertenece. En cambio, cuando estaba acá era, es, como que el país es la extensión de tu cuerpo. Cuando te vas empezás a valorar todo, a extrañar todo.

-¿Que significó el exilio en sus vidas?
-M: Te da una visión más amplia del mundo. Ves la política con una visión más global. Te permite ver hasta donde da uno, su aguante, hasta donde estas dispuesto a hacer, te conoces más a vos mismo. Es una situación extrema. Es una situación que te marca para siempre, imborrable. Es dolor, tristeza, melancolía, “estoy vivo”, “estoy lejos”.
-S: El tema era adonde nos íbamos. Hasta la frontera sabíamos pero después era la nada. Pensá que todos nosotros salimos, mas o menos con lo puesto, sin plata, sin conexiones. No conocías a nadie. No te comunicabas en tu propio idioma. Pasabas de una cultura a la otra. Eso te marca.
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DATOS Y ESTADÍSTICAS SOBRE REFUGIADOS
Nazli Zaki, de la Oficina de prensa para América del Sur del ACNUR, Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados fue la encargada de brindarle a “Al Margen” la información requerida en relación a los refugiados en Argentina.

Según la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los refugiados, un refugiado o una refugiada es toda persona que debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentra fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país. Otros instrumentos internacionales también incluyen a personas que huyen de su país, amenazados por la violencia generalizada, agresión extranjera, ó conflictos internos.

 Argentina ratificó la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los refugiados en 1961. Hoy esta Convención está ratificada por 143 países.

.El Comité de Elegibilidad para los Refugiados (CEPARE), es el organismo público encargado de resolver las solicitudes de la condición de refugiado (determinar si los solicitantes presentan fundados temores de persecución por su raza, religión, nacionalidad, grupo social u opinión política), y consecuentemente reconocer la condición de refugiado. Desde su creación en 1985, el CEPARE ha reconocido como refugiadas y refugiados a más de 2.600 personas. En total el número de refugiados en Argentina supera las 3.000 personas. La población refugiada se caracteriza por su gran diversidad ya que las personas refugiadas provienen de alrededor de 60 países de África, América, Asia y Europa.

 Hasta mayo de 2006, el CEPARE recibió 163 solicitudes por el reconocimiento de la condición de refugiado por parte de personas provenientes de 24 países, entre ellos Senegal, Colombia, India, Rusia y China.

 No existen campos de refugiados en Argentina, los refugiados viven entre las poblaciones urbanas y rurales, en todo el país.

 ACNUR tiene dos funciones principales en Argentina: asesorar al gobierno en cuanto a la aplicación de la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, y trabajar junto con la sociedad civil y con los refugiados para facilitar su proceso de integración en la sociedad.

 El derecho al asilo es un derecho básico, incluido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (art. 14), entre otros instrumentos de derechos humanos.

 Los refugiados gozan del derecho a no ser devueltos a su país de origen y a obtener una documentación que les permita trabajar y tener acceso a los servicios básicos y elementales.

 Los refugiados tienen el derecho de acceder a los servicios públicos en materia de salud, educación, etc.


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